Europa afronta un nuevo choque energético tras el ataque estadounidense e israelí contra Irán, que ha empujado al alza los precios del petróleo y del gas y amenaza con frenar un crecimiento económico ya débil y reactivar la inflación. Simone Tagliapietra, de Bruegel, señaló que para Europa la crisis es "sin duda, existencial".
En el plano diplomático los países de la UE están divididos sobre los ataques y la respuesta ha sido moderada. Las fuerzas armadas europeas están sobrecargadas; según el artículo, incluso si aceptaran la petición del 14 de marzo de Donald Trump para ayudar a abrir el estrecho de Ormuz, no cambiarían la situación donde la armada estadounidense no puede.
La principal vulnerabilidad europea es la dependencia de combustibles fósiles importados, especialmente gas natural. Solo una pequeña parte procede de Oriente Medio —unos 200 millones de metros cúbicos frente a 6.500 millones de metros cúbicos semanales de importaciones totales— y las reservas de gas han caído casi hasta los niveles de 2022.
Desde 2022 la UE ha reducido contratos plurianuales con Rusia y ha aumentado su exposición al mercado spot; planea eliminar las importaciones restantes de GNL ruso a final de año y el gas por gasoducto el próximo. El traslado hacia GNL, en gran parte estadounidense, ya elevó precios hasta unos 40 € por MWh y, según el texto, la guerra los llevó a 50 € por MWh el 13 de marzo.
Instituciones y consultoras presentan escenarios contrastados: Oxford Economics indica que una guerra breve apenas reduciría el PIB, pero advierte que una interrupción prolongada (por ejemplo, si el petróleo alcanzara 140 dólares por barril durante dos meses) podría reducir el crecimiento en 0,6 puntos porcentuales en 2026 y subir la inflación promedio de la zona euro hasta el 4,3% desde el 1,9% del año anterior. Los gobiernos cuentan con poco margen fiscal tras el gasto de 2022; Alemania ha mod